Qué son las heridas de infancia y las 5 principales

Terapify - Psicólogos en Línea//Actualizado: /12 min de lectura
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Las heridas de la infancia son los patrones que repetimos según lo que vivimos en nuestros primeros años de vida. Surgen a partir de ciertas dificultades o experiencias dolorosas, por las cuales desarrollamos ciertas conductas para “sobrevivir” o tolerar lo que vivimos en ese momento. Sin embargo, pasa que seguimos repitiéndolas a lo largo de nuestra vida, una y otra vez, a pesar de que ya no sean necesarias,  y, en ocasiones, sean inconvenientes.

Cuando somos niños, todo lo que vivimos nos afecta mucho. Si pasamos por momentos que nos hacen sentir tristes, solos o asustados, es posible que esas emociones queden guardadas dentro de nosotros. A eso se le llaman heridas de la infancia. Son recuerdos dolorosos que, si no los entendemos o hablamos de ellos, pueden hacernos sentir mal incluso cuando somos adultos.

¿Qué son las heridas de la infancia?

Las heridas de la infancia son emociones dolorosas que sentimos cuando somos pequeños y alguien nos hace daño o no nos cuida como necesitamos. Por ejemplo, si nos sentimos rechazados, abandonados, humillados, traicionados o tratados injustamente.

Cuando somos niños, no siempre sabemos cómo expresar lo que sentimos, y esas emociones se quedan guardadas. Más adelante, cuando crecemos, esas heridas pueden seguir afectándonos sin que nos demos cuenta.

Las heridas de la infancia son experiencias emocionales negativas o traumáticas que ocurren durante los primeros años de vida y que pueden dejar una marca profunda en la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás. Estas heridas suelen originarse en situaciones como la falta de atención emocional, el abuso físico o psicológico, el abandono, la sobreexigencia o incluso en dinámicas familiares disfuncionales.

Aunque son eventos del pasado, las heridas de la infancia no desaparecen por sí solas; tienden a manifestarse en la adultez como inseguridades, miedos, patrones de comportamiento repetitivos o dificultades en las relaciones interpersonales. Reconocer y trabajar en estas heridas a través de procesos como la terapia psicológica puede ayudar a transformar esas cicatrices en herramientas de crecimiento personal, mejorando la calidad de vida y el bienestar emocional.

Características de las heridas de la infancia

  • Se originan en la infancia: surgen a partir de experiencias dolorosas vividas en los primeros años de vida.
  • Impacto emocional profundo: generan emociones intensas como miedo, tristeza, culpa o vergüenza.
  • Persisten en la vida adulta: si no se sanan, influyen en la autoestima, las relaciones y la gestión emocional.
  • Se viven de forma subjetiva: una misma experiencia puede generar heridas diferentes según la percepción del niño.
  • Generan patrones de comportamiento: llevan a repetir conductas automáticas (dependencia, evitación, desconfianza, etc.).
  • Dificultan la regulación emocional: provocan respuestas emocionales desproporcionadas en ciertas situaciones.
  • Afectan la autoimagen: contribuyen a una visión negativa de uno mismo (creencias de no ser suficiente, no merecer amor, etc.).
  • Relacionadas con vínculos primarios: suelen originarse en interacciones con figuras significativas como padres o cuidadores.
  • Sensación de vacío o carencia: dejan una sensación de carencia emocional que se arrastra a lo largo del tiempo.
  • Pueden sanar con apoyo: con conciencia, trabajo personal y terapia, es posible transformar su impacto.

Tipos de heridas de la infancia

Hay diferentes tipos de heridas que podemos tener. Estas son las más comunes:

  • Rechazo: Sentir que no nos quieren o que no somos importantes.
  • Abandono: Sentir que nos dejaron solos o que no nos cuidaron.
  • Traición: Sentir que alguien en quien confiábamos nos falló.
  • Humillación: Sentirnos avergonzados porque nos criticaron o nos ridiculizaron.
  • Injusticia: Sentir que nos trataron mal o de forma injusta.

Cada una de estas heridas puede hacernos sentir inseguros o tristes en nuestra vida adulta.

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¿Cómo saber si tengo heridas de la infancia sin cerrar?

Muchas veces, las heridas de la infancia no son evidentes, pero se reflejan en la forma en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. Identificar estas señales es el primer paso para empezar a sanar.

  • Te cuesta confiar en los demás o estableces relaciones poco saludables, lo que puede ser reflejo de experiencias tempranas de desconfianza o traición.
  • Sientes miedo constante al rechazo o al abandono, lo cual indica una necesidad no satisfecha de seguridad emocional en la infancia.
  • Reaccionas de forma intensa ante situaciones que parecen “pequeñas”, señal de que ciertas emociones no han sido procesadas del todo.
  • Tienes baja autoestima o dudas constantemente de tu valor personal, lo que puede deberse a críticas o falta de validación en tu niñez.
  • Repites patrones de comportamiento dañinos en tus relaciones, porque inconscientemente buscas escenarios familiares, aunque sean dolorosos.
  • Evitas hablar de tu infancia o sientes incomodidad al recordarla, lo que indica que hay emociones no resueltas asociadas a esa etapa.
  • Buscas constantemente la aprobación de los demás, reflejando la necesidad de aceptación que no fue satisfecha en tu infancia.
  • Te cuesta poner límites y decir “no” sin sentir culpa, lo que muestra la dificultad para priorizarte y proteger tu bienestar.

Las 5 heridas de la infancia

Podemos ver estas heridas en distintos aspectos de nuestra vida. Quizás aparecen en nuestras relaciones, en emociones que nos es difícil controlar, o en los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos. Es importante recordar que TODOS tenemos estas heridas. No tenemos que haber tenido una infancia sumamente dolorosa para que estén. Surgen a partir de cualquier experiencia difícil, porque tuvimos padres imperfectos y porque no hay manera de salir ilesos de nuestros primeros años de vida.

Existen cinco tipos principales de heridas de la infancia, que se originan en diferentes dinámicas o experiencias vividas durante los primeros años. Estas heridas suelen influir en cómo percibimos el mundo, nuestras relaciones y nuestra autoestima. A continuación, te detallo las más comunes:

Herida #1: Rechazo

Se refiere a las experiencias donde sentimos que no fuimos completamente aceptados por nuestro cuidador. Esta percepción puede haberse dado a partir de una experiencia muy clara de rechazo, como también a partir de experiencias que fueron interpretadas como tal. Quizás en ese momento no pudimos entender lo que realmente estaba pasando con nuestros cuidadores. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:

  • Buscar la perfección: Tratar de no equivocarnos y nunca ser criticados.
  • Ser complacientes: Evitar desagradar a las personas para que nunca se molesten con nosotros.
  • No ser auténticos en nuestras relaciones: En el intento de buscar agradar podemos tender a adaptarnos mucho a las personas para ser queridos.

Herida #2: Abandono

El abandono se refiere a experiencias de soledad profunda. Puede ser porque una de las figuras parentales no estuvo presente o porque no hubo una conexión emocional profunda. Si bien actualmente se puede comprender qué estaba pasando realmente con nuestros cuidadores, en la niñez es probable que estas experiencias se tomen de manera personal. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:

  • Tener una gran necesidad de aceptación: Podemos estar muy preocupados por la percepción que los demás tienen de nosotros. Incluso, más preocupados por cómo nos ven que por cómo nos sentimos en esa relación.
  • Hiper independencia: El depender de otros puede dar miedo, por lo que podemos preferir mantener cierta distancia en nuestras relaciones. Por ejemplo, al cuidar a otros emocionalmente, pero evitar que ellos nos cuiden.
  • Minimizar la importancia de las personas en nuestra vida: Puede suceder que por miedo a que nos dejen,  nos encontremos fingiendo que las personas en nuestra vida no nos importan tanto, que nos da igual si están o si no quieren estar. Incluso, podemos tener la tendencia a salir de una relación de manera anticipada, por miedo a que la otra persona nos deje.

Herida #3: Humillación

Se refiere a experiencias en las que los cuidadores dieron el mensaje de que éramos “insuficientes”, “malos”, o que algo en nosotros era “inaceptable” o no merecedor de amor. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:

  • Tener dificultades con el disfrute: Podemos sentir miedo frente a las emociones agradables, quizás pensar que no las merecemos o que habrá una consecuencia.
  • Tener baja autoestima: Podemos sentir que no nos merecemos cosas buenas, que no tenemos valor o que somos inferiores a los demás. También, puede aparecer una tendencia narcisista para compensar la baja autoestima.
  • Tener dificultades con el autocuidado: Podemos no sentirnos merecedores de autocuidado, lo que se puede evidenciar en una falta de atención a nuestro cuerpo y necesidades emocionales.

Herida #4: Traición

Se refiere a experiencias en las que alguien importante en nuestra vida realiza una conducta que rompe nuestra confianza o interfiere con nuestro bienestar. Se da con personas con las que hay una dependencia, especialmente en el caso de los cuidadores en edades tempranas, pero también se puede dar en la adultez en relaciones cercanas. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:

  • Control: Podemos tener el deseo de influir en la vida de los demás, en sus decisiones y en su conducta.
  • Percepción negativa de los demás: Quizás asumamos precipitadamente que los demás tienen malas intenciones.
  • Percepción negativa y pesimista del mundo: Podemos asumir que el mundo es un lugar inseguro, complicado y que vamos a tener experiencias negativas frecuentemente.

Herida #5: Injusticia

Se refiere a la experiencia de haber tenido cuidadores fríos y autoritarios. Quizás solo nos dieron afecto a partir de nuestros logros, por lo que hubo una necesidad de “actuar” para recibir amor. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:

  • Miedo a perder el control: Podemos buscar mantenernos controlados a toda costa. Que todo nos salga bien y no generar problemas.
  • Dureza: Podemos exigirle demasiado a nuestro cuerpo. Quizás no evidenciamos el sentirnos mal, el estar cansados, así como el tener dificultades emocionales. Podemos querer mostrarle al mundo que todo siempre está bien.
  • Búsqueda de poder y logro: Al haber recibido afecto cuando lográbamos algo, podemos mantener esta tendencia, teniendo expectativas muy altas para nosotros mismos.

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¿Cómo afectan estas heridas cuando somos adultos?

Si esas heridas no se curan, pueden causarnos problemas en la vida. Aquí te explico algunas formas en que nos afectan:

  • Emociones difíciles: Podemos sentirnos tristes, ansiosos, enojados o con poca confianza en nosotros mismos.
  • Relaciones complicadas: A veces repetimos relaciones en las que no nos sentimos bien, porque no aprendimos a reconocer lo que merecemos.
  • Problemas para manejar emociones: Nos cuesta identificar lo que sentimos y controlarlo. Podemos enojarnos fácilmente o sentirnos muy nerviosos.
  • Sentirnos mal con nosotros mismos: Podemos pensar que no valemos mucho o que no merecemos cosas buenas.

Ejemplos de cuando se está hiriendo a un niño o niña

Acá ejemplos prácticos de cada tipo de herida de la infancia:

  • Herida de rechazo: Un niño que expresa interés en cantar frente a su familia y recibe comentarios como «Mejor no lo hagas, no tienes buena voz», puede sentir que no es aceptado por lo que es.
  • Herida de abandono: Un niño cuyos padres trabajan largas horas y rara vez están presentes en casa podría sentir que no son lo suficientemente importantes como para recibir su atención.
  • Herida de humillación: Un niño que es reprendido públicamente por manchar su ropa mientras juega, escuchando frases como «Eres un desastre, siempre haces lo mismo», puede desarrollar una sensación de vergüenza por sus acciones.
  • Herida de traición: Un padre promete llevar al niño al parque pero lo olvida repetidamente por atender otros asuntos, haciendo que el niño sienta que no puede confiar en las promesas de los demás.
  • Herida de injusticia: Un niño que es castigado severamente por cometer un error menor, mientras que sus hermanos no reciben el mismo trato, puede percibir que el mundo es un lugar injusto y rígido.

Cada ejemplo ilustra cómo estas experiencias pueden marcar emocionalmente y afectar comportamientos en la adultez.

¿Cómo afectan las heridas de la infancia en la adultez?

Las heridas de la infancia pueden tener un impacto significativo en la vida adulta, afectando la forma en que las personas se relacionan consigo mismas, con los demás y con el entorno. Estas son algunas maneras en las que pueden manifestarse:

  1. Relaciones interpersonales: Las heridas pueden generar dificultades para establecer vínculos sanos. Por ejemplo, quienes han sufrido abandono pueden desarrollar dependencia emocional, mientras que los que han vivido rechazo tienden a evitar relaciones profundas por miedo a ser lastimados.
  2. Autoestima y autovaloración: Las experiencias traumáticas en la infancia suelen influir en la percepción de uno mismo. Las personas pueden sentirse insuficientes, inseguras o tener una voz interna crítica que refuerza sentimientos de inferioridad.
  3. Patrones de comportamiento repetitivos: Las heridas no sanadas pueden llevar a repetir patrones inconscientes. Por ejemplo, alguien con una herida de traición podría buscar constantemente controlar a los demás para evitar sentirse vulnerable.
  4. Dificultades emocionales: Es común que las heridas generen emociones intensas como ansiedad, tristeza o enojo, que se activan en situaciones que recuerdan las experiencias originales. Esto puede derivar en una gestión emocional complicada.
  5. Problemas de confianza: Las personas con heridas de la infancia pueden tener dificultades para confiar en los demás, ya sea porque temen ser lastimados o porque anticipan que serán traicionados o abandonados.
  6. Bloqueos en el desarrollo personal: Al no trabajar estas heridas, las personas pueden sentirse atrapadas en el pasado, limitando su capacidad para avanzar y alcanzar su potencial.

Sanar estas heridas implica reconocer su impacto, comprender su origen y trabajarlas con apoyo profesional, como la terapia psicológica, para lograr una vida más equilibrada y satisfactoria.

¿Cómo sanar las heridas de la infancia?

Aunque las heridas de la infancia duelen, es posible curarlas. No es un camino rápido, pero sí es un camino que vale la pena. Aquí te cuento algunas cosas que pueden ayudar:

  • Terapia psicológica: Hablar con un psicólogo o terapeuta puede ayudarnos a entender lo que sentimos y aprender a sentirnos mejor.
  • Técnicas de relajación: Actividades como el yoga, la meditación o respirar profundamente pueden ayudarnos a calmar la mente y el cuerpo.
  • Escribir lo que sentimos: A veces escribir en un cuaderno lo que sentimos o lo que vivimos nos ayuda a entender mejor nuestras emociones.
  • Conocernos a nosotros mismos: Pensar en lo que vivimos cuando éramos niños nos permite darnos cuenta de por qué actuamos o sentimos de ciertas maneras ahora.

Sanar las heridas emocionales de la infancia no es una tarea fácil. Venimos de patrones que hemos tenido por años, por lo que no los vamos a cambiar en un segundo. Tenemos condicionamientos que están tan profundos en nosotros que no se van a ir de un momento a otro porque los razonemos o porque los entendamos, pues sanar es un trabajo diario. 

Es un trabajo de notar cuando algo nos gatilla, ver a qué situación pasada nos lleva, darnos espacio de sentir nuestras emociones y elegir responder distinto. Recuerda que solo sanamos cuando sentimos, y lo que resistimos, persiste. Y cuando finalmente nos damos la oportunidad de conectar con el dolor, validarlo y procesarlo es cuando las cosas realmente cambian. Pero estas son algunas cosas que puedes hacer para sanar tus heridas de la infancia

Consejos para sanar tus heridas de la infancia

  • Reconoce tus heridas: Acepta que existen y que han impactado en tu forma de pensar, sentir y actuar.
  • Identifica su origen: Reflexiona sobre experiencias dolorosas de tu niñez que pudieron haber dejado huella.
  • Valida tus emociones: Permítete sentir tristeza, enojo o miedo sin juzgarte.
  • Trabaja en el perdón: No significa justificar, sino liberarte del peso emocional que esas experiencias generan.
  • Establece límites saludables: Aprende a decir “no” y protege tu bienestar emocional.
  • Practica el autocuidado: Prioriza actividades que te generen bienestar físico, emocional y mental.
  • Busca apoyo profesional: Un terapeuta puede ayudarte a trabajar estas heridas de forma segura y profunda.
  • Sé paciente contigo mismo: Sanar es un proceso gradual; celebra cada pequeño avance.

Sanar las heridas de la infancia es un acto de amor propio que requiere valentía y paciencia. Aunque mirar al pasado puede doler, también abre la puerta a una vida más consciente y libre de patrones que te limitan. Cada paso que das hacia la sanación es un regalo que te haces a ti mismo.

Puedes sanar

Tener heridas de la infancia no significa que estemos rotos ni que no podamos ser felices. Significa que hay partes de nosotros que necesitan ser escuchadas y cuidadas. Con el tiempo, con ayuda adecuada y con mucho cariño hacia uno mismo, es posible sanar esas heridas, soltar lo que duele y vivir con más tranquilidad y alegría.

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